07 abril, 2011

Soledad...


Pues navegando por alli y dado que mi amigo ya no se digna mandarme sus texto llegue a buscarlos a donde escribe regularmente, me sorprendio cuanto me he perdido!!


Y me sorprendio aun mas este texto de un libro que lei hace bien poco y me gusto mucho ... que ademas hoy especialmente me hace un ruido diferente ...

Se los dejo para que lo disfruten como yo...




Raúl Mejía

02/03/2011


¿Cuántas veces uno está frente a una forma de convivencia con El Otro o La Otra que se acerca a la felicidad (inalcanzable de manera plena salvo a ratos) y se termina “dándole la vuelta” por razones perfectamente justificadas? ¿Todo está escrito en la infancia? Lo más fácil es decir que todo está escrito en ese lapso de nuestras vidas.


Lo bueno y lo malo. Es algo tan recurrente eso de asociar cuanto nos ocurre en la vida adulta a “los traumas de la infancia” que terminamos por convertirnos en “psicólogos de a peso”. Nada más desagradable que ser víctimas de un “psicoanálisis región cuatro”… pero ocurre con más frecuencia de la reglamentaria.


Alguna vez escribí, al ver a una pareja en un bar, que desde el principio de toda relación, en las primeras citas, ya se siembra el germen de la destrucción de ese amor que parece eterno. No sé de dónde saqué tan temerario juicio pero sirvió para el texto que tenía en proceso. Eso muestra al pequeño psicólogo que llevo dentro (región cuatro, claro) y vino a mi mente al recordar la historia de Mattia y Alice.


Él un matemático fuera de lo normal, doctorado en algo llamado “La zeta de Riemann”, un asunto bastante complejo; ella, una fotógrafa de bodas. Ambos, en su momento, unos niños raros, aislados, acosados, tímidos y cuya soledad finalmente se ve acompañada a intervalos azarosos a lo largo de quince años. Es, pues, la historia de amor de dos soledades paralelas.


Se trata de la novela de Paolo Giordano con un título extraño y atractivo: La soledad de los números primos. Esos números, como todos lo sabemos, son aquéllos que sólo son divisibles entre sí mismos y la unidad. Hasta aquí uno puede concluir con un “Ah, órale, chido”, pero ese título tiene una belleza plenamente justificada en la trama.


Trataré de explicar el asunto: al menos una vez en la vida (si las cosas han transcurrido normalmente) todos hemos sido, en cuestiones de amores, esos solitarios números primos que terminamos uniéndonos a un no primo como la única forma de estar juntos e ilusionados con el amor o la pasión.


Exponerlo así es una “novedosa” y francamente vulgar de reescribir lo que Platón apuntó en El banquete con las mitades que Zeus separó y luego dispersó por el mundo como un escarmiento a la unidad de los andróginos, esos seres autosuficientes (los amantes, por ejemplo) tan indiferentes a las deidades de todo tipo.


En la novela de Giordano y con personajes extremos, la oportunidad de unirse sólo es posible a partir de la proximidad que dan los números primos gemelos. No se desesperen, la metáfora es acertada y bella.


Cito una parte del libro para no traicionar su sentido con explicaciones de neófito (o sea, mías): los primos gemelos son “parejas de primos sucesivos, o mejor, casi sucesivos, ya que entre ellos hay un número par que les impide ir realmente unidos, como el 11 y el 13, el 17 y el 19, el 41 y el 43. Si se tiene paciencia (…) se descubre que dichas parejas aparecen cada vez con menos frecuencia.


Lo que encontramos son primos aislados, como perdidos en ese espacio silencioso y rítmico hecho de cifras y uno tiene la angustiosa sensación de que las parejas halladas anteriormente no son sino hechos fortuitos y que el verdadero destino de los números primos es quedarse solos”. Y eso ocurre en la historia de amor de Mattia y Alice… y en la de casi todos.


Al menos una vez en la vida (¿será?). ¿Por qué no hicimos lo necesario para al menos ser primos gemelos ya que no seríamos números naturales unidos? Faltó la palabra correcta en el momento justo, la caricia oportuna, el decir “perdóname” cuando correspondía, besar cuando era imprescindible y no tener miedo cuando se necesitaban heroísmos: “en tu ausencia se perdió un reino”, alguna vez me dijeron y no supe si era una cita de una novela o fue algo original de quien me lo dijo, pero no importa ya; al final todo deja de pesar, de significar… o casi siempre y se termina por ser parte de aquellos y aquellas que perdemos reinos… extraviados en la serie infinita de números primos solitarios.


Matia y Alice se amaban desde que eran adolescentes. En la lógica de la cita arriba transcrita, la vida les dio oportunidades (y la vida, lo dijo un Clásico, casi nunca es generosa dos veces). Pudieron ser, cuando menos un 11 y 13, un 17 y 19 ¿se le puede pedir más a esta existencia carente de certezas? Pues este par se las arregló para perderse el uno a la otra y viceversa.


Terminaron siendo primos solitarios perdidos en el universo rítmico y numérico de una vida sin sentido . Era tal la incapacidad para dar ese paso mínimo y trascendente cifrado en un “te amo”,” te necesito”, ”hazme el amor”… que Alice, cansada de que ocurriera el milagro sin hacer algo para que se diera, termina casada con un buen tipo que al final se cansa de luchar por el amor de su esposa, quien sólo tiene espacio en sus sentimientos para un lejano y ajeno Mattia quien sólo “siente” frente a Alice pero lo niega y guarda silencio cuando de lo que se trata es de heroísmos.


El amor requiere de héroes trágicos a veces. Una novela desolada la de Paolo Giordano. Transcurre con una lentitud y una especie de tedio que resulta esencial para la última parte de una (perdonen el adverbio) tristísima historia que les recomiendo leer.


Les dejo un párrafo nomás para que vean el tono: Bien sabía lo que tenía que hacer: volver con ella y sentarse a su lado, cogerle la mano y decirle que no tenía que haberse ido y besarla, besarla una y otra vez hasta que no pudieran dejar de besarse. Ocurría en las películas y ocurría en la vida real, todos los días. La gente no perdía el tiempo, se aferraba a unas pocas casualidades y fundaba sobre ellas su existencia.


Tenía que decirle a Alice que ahí estaba o irse de nuevo, tomar el primer avión y regresar al lugar donde había vivido como en vilo todos esos años. Sí, lo había aprendido. Las decisiones se toman en unos segundos y se pagan el resto de la vida.


Y sin embargo, como dicen que dijo Borges y parafraseo: “He cometido un error fatal: no he sido feliz”. De eso trata la novela de este muchacho italiano de menos de treinta años.


3 Lectores dicen... y tu ? Que opinas?:

Jo dijo...

y me acordé de una canción de fito paez... y ahora que recuerdo todo en conjunción palindrómicamente o no se sincroniza

a veces la soledad no se equivoca a veces tan solo se sabe acompañar

Zereth dijo...

Pues triste.

Ahora que quién sabe cómo se le hace para encontrar al primo gemelo.
Soy feliz con mi pariente alien.

Besos

El hombre del traje gris dijo...

otro de varios libros qeu tengo pendientes desde hace uuuu... eso de la lectura namas no se me da caray...

yo me acodè de esa qeu dice... "y decian que era amor... la soledad que compartían..."